La vuelta

A las 6 de la mañana estamos los cuatro en el coche y el maletero a rebentar. Tenemos por delante dos horas de viaje y amenaza de tormentas tropicales. Miramos a la izquierda y vemos el sol, a la derecha y tenemos la luna. Los niños discuten por si uno de ellos tiene más espacio que el otro con la almohada compartida. Están muertos de sueño y no se pueden ni imaginar la de horas de viaje que tienen por delante. Hoy es la primera vez que los niños y yo somos despedidos, la media naranja se quedará un par de semanas más, pero trabajando.

Estoy convencida que tendremos una buena vuelta aunque vaya sola con ellos. Nos acabamos de despedir y estamos a punto de pasar el control de seguridad. El niño berrea ¡¡¡Volvamos los cuatro!!! ¡¡¡Los cuatro!!!

Falsa alarma. Dos horas con el primer avión, tres horas de espera para el segundo y último. El niño canta y le digo que baje el volumen. Una chica que está detrás lo defensa Déjalo que cante, pobre criatura… Tiene razón. Por suerte de vez en cuando alguien hace que te des cuenta que eres una exagerada. Cuando entramos en el avión los felicito, son unos campeones que llevan 12 horas despiertos, sin enfadarse, aceptando el Sube aquí, pasa por allí, espera un momento, no te alejes, no corras, hablad bajito, y el sinfín de peticiones/recomendaciones que les hago.

El avión es pequeño y tiene unos cuantos años. Sólo una pantalla minúscula cada tres o cuatro hileras. Se quejan. No es para menos. La ida fue en turista pero más lujosa, los cuatro, pantallas en cada asiento, películas como Cenicienta o el corto de Frozen. No hay color. Ni espacio. Nos movemos en bloque, si uno va hacia un lugar, el resto también. ¡Mamá, pipí! Ale, los tres al lavabo del avión. ¿Alguien sabe cuántos metros cuadrados tiene este cubículo? Hacemos turnos. Primero el niño que tiene la emergencia. Aviso, ¡Aprieto el botón! Los dos se tapan los oídos y miran hacia la pared. Me toca. Suerte que hay un agarrador, esto es prácticamente imposible. Reímos. Y después intentamos dormir.

Soy una especia de montaña que los niños escalan. Una almohada grande por la izquierda y tres pequeñas por la derecha. ¡¿Cómo pueden pesar tanto unas cabezas tan pequeñas?! Cuando pasas seis horas de perfil sujetando dos cabezas sólo piensas en el aterrizaje. Llega el momento. Los refelicito. Ni media queja. Están contentos, estamos en casa. O casi. Llevamos más de media hora confiando que la tercera maleta aparecerá, pero no. Después de una hora de cola nos confirman que la maleta está en Nueva York.

Ahora sí, estamos en casa. Bañados y con ropa limpia. Él como siempre se resiste a dormir pero finalmente cae. Duermen plácidamente en el sofá. Aprovecho para vaciar las maletas que sí que tenemos y duermo un rato.

De eso hace una semana. Es increíble el poco tiempo libre que tienes cuando trabajas. Aún así aprovecho que todavía no van al colegio para pasar las tardes juntos. El próximo lunes los dos van a la escuela de los mayores. Nuevo curso y muchas ilusiones.

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