Somos diferentes

Entro al baño y me la encuentro mirándose al espejo.
– ¿Qué haces?
– Nada.
– Lávate las manos que la cena está en la mesa.

Lleva a la cocina con un nuevo peinado. Alabamos la mañan que tiene. Sonríe satisfecha y coge el tenedor. El niño está acabando y ella mira su reflejo en el cristal de la terraza.
– Venga, come.
– Me estoy mirando.
– Muy bien, pues mírate pero come.

Vuelve a estar embobada contemplándose.
– ¿Sabes qué le pasa a la gente que se mira tanto al espejo?
– No.
– Que se vuelven tontos. Están mirándose y sólo se ven a ellos mismos. No se dan cuento de lo que pasa a su alrededor y se vuelven tontos.
– ¡Pero sólo me miro el peinado!
– Y yo sólo te explico lo que les pasa a los que se miran a todas horas.

Creo que no la he convencido. Reconozco que exagero pero me pone nerviosa esa fascinación por los espejos. Tengo que aprender a contenerme y aceptar que somos diferentes. Ella es presumida y es una niña, no por el género sinó por la edad. Yo soy madre, poco presumida, y a duras penas tengo tiempo para ver cómo voy.

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