De Rodríguez

Hoy ha pasado lo que tenía que pasar, el ritual de las noches de Rodríguez. Momentos de actividad nocturna en los que me pregunto por qué no busco un trabajo en el que tenga que viajar.

Medianoche. Concentrada delante del ordenador. La niña se despierta:
– Mamá, quiero dormir contigo.
Cierro el portáil y me la llevo a la cama. Respira profundamente encima de mi, ni Harry Houdini podría escapar de tanta proximidad.
Oigo al niño. Las 3h de la madrugada. Compruebo que la cama de ella está lista para devolverla. La llevo rápido antes que el ¡¡¡Mamá bibi!!! despierte a los vecinos. Él toma la leche, está bastante adormilado como para volverlo a la cuna.

La nena:
– Mamááááááá…
– Ven a la habitación…
Ella se instala. Él acaba el biberón. Ronca. En cuento lo tapo con su colcha:
-Mamááááááá…
Los tres en mi cama. Roncan profundamente. Me he desvelado. Ojos como platos. Son las 4.40h. Me planteo levantarme. Pero no.

Suena el despertador. Dormimos. Cuando me despierto falta media hora para entrar al colegio.

En momentos como éstos dedico muchos pensamientos a las amas de casa de familias numerosas y padre viajante del siglo pasado.

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