Como las gallinas

Ayer me metí en la cama a las 21h. Hacía quince minutos que los polluelos dormían. No podía más. Tenía una migraña insoportable, un ojo con conjuntivitis, cervicales destrozadas de aguantar a los niños con los castellers y los gigantes de la Mercè.

Fue una buena decisión. La de irme a dormir pronto. De vez en cuando tendríamos que hacerlo. Renunciar a las noches. Decidir que no nos importa haber dedicado el día a trabajar, logística, manutención y atenciones varias para los niños. Pero cuesta.

Es curioso como estar un rato sin hacer nada, sentarte en el sofá, hablar con la pareja, mirarla, mirar series, escuchar la radio sin que te cambien el dial, pensar en tus cosas… son pequeños lujos. Eso sí, he estado diez horas en posición horizontal, con una interrupción de trenta minutos (el niño tenía tos y hambre) y otra de una hora (el niño se hizo pipí, llorando despertó a la niña que aprovechó para hacer pipí y tomar leche). Aún así me he levantado de buen humor, satisfecha.

Las gallinas son listas.

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